Cuando vives con la influencia de energías que te quitan poder, tu creación se ve limitada. Hay locuciones que sentencian y moldean la realidad. Muchas veces, ni siquiera se sienten al pronunciarlas:
— “La vida es así.”
— “Si no lo veo, no lo creo.”
— “Eso es imposible.”
Estas formas de utilizar el lenguaje son un formato energético del famoso copiar y pegar que se utilizó en la infancia sin saber lo que se estaba construyendo al repetir esas palabras: Un muro.
Las palabras que pronuncias no solo describen tu realidad, la «escriben», la crean. Dirigen la energía, la atención y la intención.
Cada vez que dices “es imposible”, tu mente deja de buscar caminos.
Cada vez que dices “no me lo creo”, cierras una puerta antes de mirar lo que hay detrás.
Cada vez que te defines como una persona “de cierta manera”, conviertes esas palabras en identidad. Y toda identidad acaba buscando pruebas para sostenerse.
Muchas personas aprendieron a desconfiar muy pronto. Escucharon frases como:
— “Ya te enterarás cuando seas mayor.”
— “La vida no es tan fácil.”
— “No te hagas ilusiones.”
— “Tanto reír, acabarás llorando.”
Poco a poco, esas palabras dejaron de sonar externas y empezaron a convertirse en voz interior. Así se construye el muro que te encierra en lo mismo una y otra vez. No aparece de un día para otro. Se construye frase a frase.
Y al otro lado del muro queda algo muy valioso: la confianza. La misma confianza con la que aprendiste a caminar, con la que soñabas cuando eras pequeña, con la que imaginabas posibilidades sin necesitar explicaciones…
Nadie nace sin confianza. El escepticismo suele ser una forma de protección aprendida. Una manera de evitar la vulnerabilidad. Una estrategia del ego para sentir control. Aunque el precio del control muchas veces sea desconectarte de la magia de vivir, la magia no desaparece, lo que se esconde es la capacidad de verla.
Piensa en todas las cosas invisibles que forman parte de tu vida, no ves el wifi. ni el viento. ni los pensamientos. Tampoco ves el amor. Y aun así sabes que existen porque observas sus efectos.
Con la confianza sucede igual: primero eliges escucharte, abrirte y observar, después aparecen las posibilidades que estaban ahí esperándote. Tus palabras funcionan como instrucciones para tu mente y para tu energía. Si repites constantemente “no creo”, tu realidad se vuelve más cerrada. Si empiezas a decir “estoy abierta a descubrir”, algo dentro de ti cambia. Y cuando cambia tu lenguaje, cambia tu manera de mirar.
No necesitas derribar el muro entero de golpe. A veces basta con asomarte un poco. Cuestionar una frase. Elegir una palabra distinta. Abrir una pequeña grieta en esa identidad que habías construido. Porque quizá solo aprendiste a desconfiar. No viene de serie. No es tu esencia.
Y detrás de ese muro sigue esperando la parte de ti que todavía cree en la vida, en las posibilidades y en la magia. Cuando vuelves a hablarte con confianza, las palabras derriban muros y dejan paso a las posibilidades.
Porque Yo Creo Como Hablo.
Y tú también.