Hay preguntas que parecen inocentes. Aunque, en realidad, contienen toda una forma de mirar la vida.
Una de ellas es:
«¿Qué he hecho yo para merecer esto?»
Solemos pronunciarla cuando una relación va mal o termina, cuando perdemos algo, cuando enfermamos, cuando sentimos que la vida está siendo injusta o cuando aquello que esperábamos no sucede.
Parece una pregunta que busca una explicación.
Aunque quizá sea una puerta.
Desde la Consciencia Verbal de «Yo Creo Como Hablo», esta frase revela mucho más de lo que parece. No habla únicamente de lo que está ocurriendo fuera de ti. Habla de una parte de tu ser que todavía está esperando regresar a casa.
Cuando dices: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», no solo buscas entender una situación. En un nivel mucho más profundo sabes que lo que experimentas no está en sintonía con quien realmente eres y, cuando existe esa distancia, aparece la frustración.
La mayoría de las veces creemos que necesitamos cambiar las circunstancias. Encontrar una pareja distinta. Un trabajo mejor. Más reconocimiento. Más atención. Más comprensión.
Aunque la mirada importante nunca está fuera. La vida está mostrándote algo mucho más importante.
El aprendizaje comienza mucho antes
Durante la infancia, depender del amor de las personas adultas es una necesidad. Necesitas protección, seguridad, acompañamiento y haces todo lo posible por conservar ese vínculo, para recibir amor.
Por pura supervivencia, empezaste a asociar el amor con el comportamiento. Con hacer lo correcto. Con no molestar. Con cumplir expectativas. Aprendiste que, para sentirte querida, debías hacer determinadas cosas.
Poco a poco dejaste de creer que el amor era algo que recibías por existir y comenzaste a creer que era algo que había que ganarse.
Ganarse siendo buena.
Ganarse complaciendo.
Ganarse callando.
Ganarse dejando de llorar.
Ganarse siendo quien otras personas necesitaban que fueras.
Y esa idea, que pudo ayudarte a sobrevivir durante la infancia, suele acompañarte también en la vida adulta.
Cuando crees que el amor hay que ganárselo
Si durante años aprendiste que el amor dependía de tu comportamiento, es natural que continúes utilizando las mismas reglas cuando eres una persona adulta. Por eso, intentas hacerlo todo bien:
Comprender más.
Dar más.
Esforzarte más.
Aguantar más —que no cuesta nada, ¿verdad?—.
Estar más disponible.
Ser más amable.
Ser más fuerte.
Esperas que, si haces suficiente, recibirás amor. Aunque la vida adulta ya no funciona con esas reglas. Y entonces es cuando aparece nuestra pregunta:
«¿Qué he hecho yo para merecer esto?»
En realidad, esa pregunta esconde otra mucho más profunda.
«He hecho todo lo que aprendí que hacía falta para recibir amor… ¿por qué esto no funciona?»
Y ahí aparece una de las revelaciones más importantes.
El amor no está donde tienes que pedirlo.
El amor tampoco está donde tienes que convencer, ni donde tienes que demostrar continuamente quién eres, ni donde tienes que dejar de ser tú para sentirte aceptada. Ni donde “tienes que”… nada.
Porque el amor nunca nace de la necesidad.
La necesidad nace de haber olvidado la fuente.
La vida no te está castigando
Cuando una relación se repite, cuando vuelves a sentir abandono, cuando buscas reconocimiento una y otra vez o cuando necesitas que algo o alguien te elija para sentirte suficiente, es fácil pensar que la vida está siendo injusta.
Desde la mirada de «Yo Creo Como Hablo», ocurre algo muy distinto.
Tu esencia está mostrándote el lugar donde todavía buscas fuera aquello que está en ti.
La vida quiere mostrarte el camino de regreso.
Por eso muchas relaciones y procesos parecen repetirse. Cambian los nombres, cambian las circunstancias y cambian los escenarios. Aunque la necesidad sigue siendo la misma.
Madurar emocionalmente
Ese camino comienza cuando decides dejar de esperar que otras personas llenen aquello que hoy puedes empezar a ofrecerte tú misma.
Eso es madurar emocionalmente.
Si durante la infancia no recibiste toda la protección, la confianza o el amor que necesitabas para desarrollar libremente tus dones y talentos, tu crecimiento no desapareció.
Quedó esperando para que hoy puedas continuar ese desarrollo desde un lugar consciente.
Cada vez que eliges observarte con amor en lugar de juzgarte. Cada vez que decides escucharte en lugar de abandonarte. Cada vez que dejas de pedir permiso para ser quien eres. Cada vez que eliges actuar desde la consciencia en lugar de reaccionar desde una herida: Ese crecimiento continúa.
Recordar la fuente
Llega un momento en el que descubres algo profundamente liberador.
No necesitas dejar de amar a las personas, ni necesitas alejarte del mundo. Tampoco necesitas renunciar a una relación.
Lo único que cambia es el lugar desde donde amas.
Cuando recuerdas que eres tu propia fuente de amor, dejas de pedir y empiezas a compartir sin condiciones.
Las relaciones dejan de ser espacios donde buscar aquello que te falta y se convierten en espacios donde ofrecer aquello que ya habita en ti.
Algunas florecen y otras terminan de forma natural. Ambas posibilidades forman parte del mismo aprendizaje.
Porque el amor que otras personas pueden ofrecerte siempre será un reflejo. Nunca la fuente.
La mirada «Yo Creo Como Hablo»
Ahora puedes decidir que tú eres quien sostiene tu vida a partir de este instante.
Hoy dispones de recursos, experiencia y consciencia para vivir cualquier circunstancia desde un lugar mucho más adulto. En una parte profunda de tu ser siempre sabes cuándo reaccionas desde un patrón aprendido y cuándo eliges desde la madurez.
Las reacciones nacen de las heridas, las acciones emergen de la consciencia.
Cuando recuerdas que eres tu propia fuente de amor, dejas de mendigar aquello que siempre estuvo dentro de ti.
Y si alguna vez vuelve la pregunta: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?», puedes abrir posibilidades mucho más «Yo Creo Como Hablo» y transformadoras:
No voy a seguir intentando recibir amor con las estrategias que aprendí en la infancia para sobrevivir…
Voy a:
Crear relaciones donde pueda ser yo.
Vivir desde el amor que ya existe en mí.
Elegirme incluso cuando nadie más lo haga.
Relacionarme conmigo desde el amor, no desde la necesidad.
Algunas personas llegan al libro. Otras sienten que el libro llega a ellas en el momento adecuado. Si sientes curiosidad, quizá este sea el tuyo.